miércoles 19 de agosto de 2009

Taller - W. Whitman



(...) ¡Cómo cantar de un modo condigno esa nueva fe de los hombres! Había una respuesta evidente; la que hubiera elegido, tentado por las facilidades de la retórica o por la mera inercia, casi cualquier otro escritor. Urdir laboriosamente una oda o tal vez una alegoría, no desprovista de inetrjecciones vocativas y letras mayúsculas. Whitman, felizmente, la rechazó.
Pensó que la democracia era un hecho nuevo y que su exaltación requería un procedimiento no menos nuevo.
He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central — Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parace conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulació y el caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente este riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.
Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.
En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela definitiva, poblada de infinitos personajes, todos con sus aureolas. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo. (...)
Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 19 de Junio de 1969.
— Prólogo a Hojas de Hierba de Editorial Lúmen, Barcelona, 1999.

lunes 10 de agosto de 2009

Taller - E. Pound y E. Dickinson


Constantemente repito que se necesitaron dos siglos de Provenza y uno de Toscana para desarrollar los instrumentos que utilizó Dante en su obra maestra, y que fueron necesarios los latinistas del Renacimiento y la Pléyade, además del lenguaje colorido de su propia época, para preparar los instrumentos de Shakespeare. Es de enorme importancia que se escriba gran poesía, pero no importa en absoluto quién la escriba.
Si algo se expresó de una manera definitiva en la Atlántida o en la Arcadia, en el año 450 a. c., o en el 1290 de nuestra era, no nos toca a los modernos decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo pero con menos habilidad y convicción.
En cada época uno o dos genios descubren algo y lo expresan. Puede estar solo en una o dos líneas, o en alguna cualidad de una cadencia, y después veinte o doscientos o dos mil o más seguidores repiten y diluyen y modifican.
La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades. Tal como en medicina existen el arte de diagnosticar y el arte de curar, también en las artes, y en las artes particulares de la poesía ... existe el arte de diagnosticar y el de curar. Uno persigue el culto de la fealdad y el otro el culto de la belleza.
La mayoría de los llamados poetas mayores han regalado su propio don, pero el término de “mayor” es más bien un regalo que les hace Cronos a ellos. Quiero decir que han nacido justamente a su hora y que les fue dado amontonar y arreglar y armonizar los resultados de los trabajos de muchos hombres.(...)
Ezra Pound, El Arte de la Poesía (1945)

*

1755

Una pradera puede hacerse con un trébol y una abeja,
un trébol, una abeja,
y ensueño.
El ensueño basta
si son pocas las abejas.
Emily Dickinson, Poemas
Tusquets Ed., Buenos Aires, 2006.
— Traducciones de Silvina Ocampo,

jueves 6 de agosto de 2009

Taller - William Carlos Williams



— Gracias Daniel

miércoles 5 de agosto de 2009

Taller - La India Fantasma




Louis Malle, L'Inde Phantom, Eclipse Criterion Selection (2007)

martes 4 de agosto de 2009

Taller - Caminar


Quiero decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización; el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla.

En el curso de mi vida me he encontrado sólo con una o dos personas que comprendiesen el arte de Caminar, esto es, de andar a pie; que tuvieran el don, por expresarlo así, de sauntering [deambular]: término de hermosa etimología, que proviene de “persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse à la Sainte Terre”, a Tierra Santa; de tanto oírselo, los niños gritaban: “Va a Sainte Terre”: de ahí, saunterer, peregrino. Quienes en su caminar nunca se dirigen a Tierra Santa, como aparentan, serán, en efecto, meros holgazanes, simples vagos; pero los que se encaminan allá son saunterers en el buen sentido del término, el que yo le doy.— Hay, sin embargo, quienes suponen que la palabra procede de sans terre, sin tierra u hogar, lo que, en una interpretación positiva querría decir que no tiene un hogar concreto, pero se siente en casa en todas partes por igual. Porque éste es el secreto de un deambular logrado. Quien nunca se mueve de casa puede ser el mayor de los perezosos; pero el saunterer, en el recto sentido, no lo es más que el río serpenteante que busca con diligencia y sin descanso el camino más directo al mar. Sin embargo, yo prefiero la primera etimología, que en realidad es la más probable. Porque cada caminata es una especie de cruzada, que algún Pedro el Ermitaño predica en nuestro interior para que nos pongamos en marcha y reconquistemos de las manos de los infieles esta Tierra Santa.
Henry David Thoreau, Caminar (1867)


Domingo 1 de Diciembre
Un gato sin dientes maulla en la ventana. Afuera está nublado y lluvioso. En menos de tres días puedo llegar al Rin.
Por primera vez un poco de sol, y pensé para mis adentros, "Esto te hará bien", pero ahora mi sombra se escondía al costado, porque me dirigía hacia el oeste. Al mediodía, la sombra se acurrucó entre mis piernas, causándome mucha ansiedad. La nieve ha sofocado un auto, estaba chato como un libro, este auto. Mucha nieve se derritió durante la noche, dejando varios parches yaciendo alrededor, y arriba del monte un manto de nieve se ha formado. Amplio y vasto campo, montes con árboles separados entre sí, el suelo a veces marrón nuevamente. Liebres, faisanes. Un faisán se comportó como un hombre demente: bailaba, daba vueltas, emitía extraños sonidos, sin embargo no estaba en celo. Me ignoró como si fuese ciego. Lo podría haber agarrado con mis manos sin problema, pero preferí no hacerlo. Pequeños arroyos fluían por la pradera inclinada. Un manantial escupía en la mitad del camino, y más abajo el arroyo es tan amplio como un lago. Cuervos pelean por algo, uno de ellos cae al agua. En la meseta húmeda yace una olvidada pelota de fútbol. Los troncos de los árboles echan vapor como seres humanos. En un banco pasando Seedord me siento a descansar debido a mis problemáticos testículos; los podía sentir durante la noche, pero no sabía como posicionar las piernas. Pasar la noche cuesta 12 Marcos, incluyendo desayuno. Arboles caídos toman un lustre plateado en la noche, están hirviendo. Aguilas. Las águilas me han acompañado todo el trayecto desde Munich.
Werner Herzog, Of Walking on Ice (1974)
— Traducción de Juan I. Moralejo