
(...) ¡Cómo cantar de un modo condigno esa nueva fe de los hombres! Había una respuesta evidente; la que hubiera elegido, tentado por las facilidades de la retórica o por la mera inercia, casi cualquier otro escritor. Urdir laboriosamente una oda o tal vez una alegoría, no desprovista de inetrjecciones vocativas y letras mayúsculas. Whitman, felizmente, la rechazó.
Pensó que la democracia era un hecho nuevo y que su exaltación requería un procedimiento no menos nuevo.
He hablado de epopeya. En cada uno de los modelos ilustres que el joven Whitman conocía y que llamó feudales, hay un personaje central — Aquiles, Ulises, Eneas, Rolando, El Cid, Sigfrido, Cristo— cuya estatura resulta superior a la de los otros, que están supeditados a él. Esta primacía, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de todos los hombres. Semejante necesidad parace conducir fatalmente a un mero fárrago de la acumulació y el caos; Whitman, que era un hombre de genio, sorteó prodigiosamente este riesgo. Ejecutó con felicidad el experimento más audaz y más vasto que la historia de la literatura registra.
Hablar de experimentos literarios es hablar de ejercicios que han fracasado de una manera más o menos brillante, como las Soledades de Góngora o la obra de Joyce. El experimento de Whitman salió tan bien que propendemos a olvidar que fue un experimento.
En algún verso de su libro, Whitman recuerda telas medievales con muchos personajes, algunos aureolados y preeminentes, y declara que se propone pintar una tela definitiva, poblada de infinitos personajes, todos con sus aureolas. ¿Cómo ejecutar semejante hazaña? Whitman, increíblemente, lo hizo. (...)
Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 19 de Junio de 1969.
— Prólogo a Hojas de Hierba de Editorial Lúmen, Barcelona, 1999.
— Prólogo a Hojas de Hierba de Editorial Lúmen, Barcelona, 1999.