lunes 29 de octubre de 2007

Amarillo




II.

El pecho de los pájaros es el único lugar
donde podríamos dormir tranquilos.
Es hueco, verás,
y liviano,
es amplio y lleva países a su nombre,
verás, como nosotros.

En inglés hasta les llaman bellies,
como si fueran estómagos de niños,
y eso somos nosotros: niños, bellies,
campanas, panzas, accidentes de tráfico.

Los lunes de Tailandia, somos,
la mostaza, los lunes, los beatles,
las luces que no atraen mosquitos.

Un sueño chico en una casa grande,
somos más, verás.







Foto: Luis, Luis, Luis, Luis, Luis

Azul




I.

La enfermedad azul
es un niño que tiene la cara muy fría.
Una madre que no duerme hace días
descansando sobre una plantación.
Pulgones, semillas, ríos:
Paraguay.
Una tragedia, esperando.

Sabemos dos cosas sobre el azul:
que los griegos lo creían muerto
y que los egipcios lo tallaban de una piedra.

Sabemos que al enfermar cambiamos de color.
Sabemos que somos ciegos.
Y sin embargo,
acá estamos,
haciendo como que nunca nos vamos a morir.
Rastreando canteras de malaquita,
criando zorros y llorando.

Verde




I.

Una marea que duró nueve meses
en el arroyo La Paciencia,
me la contaron pero yo estuve.

Yo estaba en lo que era el jardín,
antes de todo, era el jardín
donde terminaba el mundo
(entre las camelias la frontera,
justo al lado del cerezo)
y el agua subía, antes de todo,
el agua subía midiéndome el pulso,
entre las camelias, el agua subía.

Los pétalos del cerezo nievan
congelando los sauces,
se arremolinan a mis talones,
creen que soy la tierra, continente me creen,
país entre las camelias.

Se me deshacen estas noches
de agua quieta en que sólo brillan
los faroles de las casas más altas,
soy el pulso lento de este cielo doble,
de este agua que sube,
de esta orilla
midiendo el suelo que me queda
como si planeara una huida:
alrededor de mis pies tres metros
(¿cuántos cerezos caben en tres metros?)
alrededor de la cama un metro
(¿cuántos cerezos caben en una cama?)
en el muelle, dos metros más
(¿y cuántos metros de camelias?).

Sólo me duermo si el viento deja de soplar,
y si viene la calma, y me lleva.

Purpura

I.

Paseo por una mezquita de suelo fresco
y hay cuervos que sobrevuelan sus miniaretes,
llegamos cansados hace unas horas
y somos jóvenes y nos queremos.

Bizancio es un canal partido
y una pared hermosa,
que cae arrastrando la púrpura.


II.

Así como un gramo de púrpura era la muerte de diez mil moluscos,
diez mil animales dormidos que respiran
lentísimo cuando no están en el agua salada,
diez mil lenguas duras como piedra que viven
cincuenta días alimentándose de su propia saliva,

tú, tomando agua de Jamaica un día que teníamos demasiada hambre.
Treinta mil veces.

Magenta (1860-1990)




I.

Llevamos vestidos
del color oscuro de la sangre derramada
en un campo de batalla
no demasiado lejos, cuando estábamos en Italia.

Los bordamos con pequeños puntos
que son diminutas estrellas,
difíciles de ver, difíciles de bordar
(hilvanamos a media luz
porque la luz natural se va temprano)
son estrellas habitables
de clima cálido y fértiles como una campiña.
Emiten una luz tan suave
que tardan en calentar todo la casa,
dos horas, cuatro horas, cuatro años luz.

Los hijos de la vecina nos merodean
por los ruedos,
juegan a la unificación italiana
y a los astronautas.

¿Cuánto calor hace en una estrella, tía?
Mucho, querido, mucho
¿Más que en verano?
Más que en todos los veranos

Mirá, soy una enana roja.
Y yo soy un teniente.
Bim
estás muerta.

viernes 12 de octubre de 2007

Bolitas de arcilla


"En Japón cuando florece el cerezo la gente va al campo alegre, a ver la flor del cerezo, se sienta bajo los árboles y hacen fiesta. Son felices. Bebiendo sake y mirando las flores. Cuando florecen las plantas producen una oxigenación y esto produce aire puro. Si hay mucho aire puro nos ponemos contentos y bebemos sake. Si perdemos el 3% de la naturaleza es igual a perder aire puro y perderemos el sentimiento de bailar y beber sake y la gente se enfriará. Yo creo que la mejor manera de recuperar la alegría es tirar bolitas de arcilla"

Masanobu Fukuoka

jueves 11 de octubre de 2007

De las camas III



Mi cama tiene en cada esquina
una promesa, una espera y un terror.
Una lana blanca con la que tejo la promesa
y ato nudo sobre nudo de la espera del terror.
No tiene arriba ni abajo, mi cama,
mi cama es una virgen suelta
que huyó al campo, con su amor.

De las camas II



Camas, Juan Gelman.

Añoro la ternura
inexplicable de las calles de Lisboa
y el sol, ese sol, y el Tajo o río
que habla con la ciudad.
El mundo está nublado menos allí,
donde se adensa la tristeza del mundo.
¿Tanta luz sirve para recordar
las condiciones miserables?
¿Uno se abriga del sol metiéndose
en el cansancio de sí?
Aislar la luz es no estar despierto
sino en lo que no fue
y no sé qué soy para mí,
o un animal que busca lo encontrado.
Me cansa la muerte, que no tiene nada dentro.
Hablo a corazón quitado.
Las camas son para otro amor.




http://sololiteratura.com/gel/gelmanprincipal.htm

miércoles 3 de octubre de 2007

Era un colibri, al final



Había un ruido como de dientes de peine de plástico o de hojas de papel contra un rallador.
Pensé que a la noche me había ido a dormir con una mosca golpeando contra la ventana,
“capáz hay un pájaro en la terraza” pensé y me pareció el colmo: una bandada de pájaros marrones invadiendo mi casa.
Seguía el ruido así que fui a ver qué era.
Había un colibrí en la cabecera de mi cama. Se había metido en el cuarto y ahora intentaba salir por la ventana cerrada,
pobre, querer salir por una ventana cerrada debe ser horrible.

No sabía qué hacer, era tan pequeñito que tenía miedo de tocarlo y hacerle daño, así que empecé a abrir la ventana muy muy despacito. Claro que una parte de mí pensó en no abrir la ventana y sólo quedarme mirándolo, era hermosísimo. Él se caía en el alféizar y seguía intentando salir por la parte cerrada, así que de a poquito le acerqué la mano para ayudarlo a salir. Cuando estaba a punto de tocarlo se quedó quietísimo y se sentó. Es cierto que mueven las alas rapidísimo, y el color. El color de las plumas parecía más un color de escamas, o un mineral. No paraba de pensar en lo difícil que es ver a un colibrí desde tan cerca, tenía el pico largo y finito, se mueven tan rápido. Pero ahora lo tenía sentadito en el alféizar, desesperado, con el pecho agitándose, y no sabía si agarrarlo, era tan pequeñito. Al final lo agarré, tan suave, calentito, agitado, tras un par de intentos de ayudarlo a salir sin agarrarlo, hice un huequito en las manos y lo metí ahí. Tenía miedo de que el susto le parara el corazón o de que mis manos pesaran demasiado y romperle las costillas o de que al haberlo tocado se le deshicieran las plumas porque no es un pájaro es un mineral, o de dejarlo oliendo a humano.
Pensé que por algo se mueven tan rápido y es tan difícil ver a un colibrí de cerca.
Justo ahí encontró el hueco de la ventana y salio rapidísimo.

Fue mucho más asombroso que una bandada de pájaros invadiendo mi casa.





Foto: Un colibrí marrón que estaba polinizando (supongo) una flor de algún tipo de agave (supongo, también). La vara debía medir unos tres o cuatro metros. El colibrí era pardo y bastante grande, capáz ni era un colibrí. Aunque supongo que sí porque volaba como un colibrí y chupaba las flores como buen chumamirtos, aunque capáz la vara de un agave no se puede considerar una flor, si parace más un árbol: es enorme y tiene ramas que al final tienen flores. Si la flor de agave es un árbol, entonces el colibrí marrón es un pájaro marrón. O colibrí en flor de agave, entonces, o pájaro marrón en árbol desértico. Yo apuesto por el colibrí. En todo caso era alrededor del cerro de los siete colores, lo que hace que sea todavía más problable que ni sea un colibrí ni un pájaro ni nada. Al fin y al cabo, en un lugar como ese puede pasar cualquier cosa.